miércoles, 10 de octubre de 2007
El Placer de Leer
domingo, 6 de mayo de 2007
LA PALABRA: EL MÁS PELIGROSO DE LOS BIENES
Perla Suez
I.
Hoy nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo.¿De quién es la palabra? ¿Del editor, del lector, del escritor? ¿Cómo y hasta qué punto la palabra es el más peligroso de los bienes?¿De qué modo sino a través de la escritura puede un escritor dar testimonio de lo que es? ¿Y qué es testimoniar sino declarar lo que pensamos y sentimos y mantenerlo con nuestra producción?
El oficio de escribir es una faena a través de la que puede ser dicho tanto lo profundo como lo vulgar. Y esto es válido para la literatura destinada a los adultos y para la destinada a los niños. ¿O acaso podemos separar al escritor del escritor para niños? ¿O cada vez que hablamos de escritores para niños hablamos de otra especie, de una especie menor? ¿Acaso no está instalado entre nosotros el consenso de que quien hace la diferencia es el destinatario?
Si los libros para niños escapan al drama de la vida acaban por resultar una negación de la literatura. La literatura es, y tiene que seguir siendo, una actividad sumamente incómoda. La ambigüedad es su función suprema. Un escritor avezado siempre se planteará un otro aspecto del problema, su contrario vital, porque hay verdades complejas que se alojan en lugares terribles y la función inquietante del arte es seguir recordándonos eso.
¿Y cómo se es fiel o traidor en la escritura? Lo valioso de ella es que sus respuestas son siempre nuevas preguntas. La literatura no existe para confortarnos o para darnos una postura equilibrada. Todo lo contrario, su propósito es amenazar nuestro equilibrio, desestabilizarnos, revolverlo todo. Cuando no es así, cuando la escritura ha sido traicionada, se vuelve tan muerta como la carne fría, porque su fuerza está, precisamente, en la incertidumbre del pensamiento que contiene.
No hay quién nos ofrezca garantías de escribir una palabra esencial o estúpida. Hemos pregonado durante años que la literatura para niños es literatura, pero en los hechos cuántos libros editados en nuestro país sostienen eso.
En el origen, saber escribir era un privilegio y un poder. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha perseguido ese tesoro oculto que estalla dentro de la lengua escrita. Según los antiguos egipcios era el dios Thot, él mismo, quien había creado la escritura para dársela a los hombres. Prometeo robó a los dioses el logos y el fuego para entregárnoslos. ¿Y qué es la literatura sino la combinación de fuego( eso que el diccionario de María Moliner califica como "materia ardiendo con o sin llama") y logos (que en griego quiere decir al mismo tiempo palabra y conocimiento)?
¿Qué estamos haciendo hoy los que tenemos el privilegio y el poder de escribir? ¿Quién de nosotros es capaz de apresar, como decía Hölderlin, algo permanente para detenerlo en una palabra? De los cientos de títulos para niños y jóvenes que se publican cada año en nuestro país, sólo un puñado soporta el nombre de literatura: estamos depredando la escritura como se depreda la naturaleza.
Alguna vez la literatura infantil fue tierra de nadie. Trabajamos mucho para cambiar eso y cuando al fin se profesionaliza y se instala en la sociedad de modo que ya no puede negarse su existencia, las claudicaciones ideológicas, los coqueteos y complacencias con lo que el mercado demanda y la entrega abierta al capitalismo liberal la amenazan con el vaciamiento total de la palabra.
II.
De los cientos de títulos para niños y jóvenes que se publican cada año en nuestro país, sólo un puñado soporta el nombre de literatura. ¿Qué tiene ese puñado de libros? En principio, no hacen ofensas al ritmo narrativo y resuelven con agilidad, economía, precisión y austeridad la historia que cuentan: rapidez de estilo y de pensamiento puestos al servicio de lo que el escritor quiere decir.
El trabajo sobre la forma es siempre un trabajo sobre el sentido. Cuando la forma se debilita, la acción y la tensión del texto se vuelven laxas, la historia se repliega y no hay oficio que alcance para conmover y hacer pensar al lector.
En nuestro país se escribe y publica para niños, quién lo duda, mucho. Y en general, todos hemos estado de acuerdo en rechazar un lenguaje estandarizado, oficial y didáctico. ¿Pero cuál es la alternativa que hemos creado? La insustancialidad de lo que hoy se cuenta, preocupa. El mercado demanda performance y lo consigue: escritores de oficio, ilustradores de oficio, ediciones impecables.¿Pero al servicio de qué ponemos todo eso? ¿Somos capaces de contarles la verdad a los niños, como dice el poeta griego Manolis Anagnostakis?¿Y cómo contarla de una manera necesaria, única, memorable?
La literatura nunca hubiera existido si una parte de los seres humanos no estuviera descontenta con el mundo tal como es. Olvidado de las horas y los días, con la mirada fija en la inmovilidad de las palabras mudas, el escritor pretende construir un mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos. Sólo el uso del mot juste permite acercarnos al drama de la vida con atención y respeto hacia aquello que la vida comunica sin palabras.
miércoles, 11 de abril de 2007
Cómo y Por Qué Odié los Libros para Niños

Creo que pocos niños habrán odiado tanto como yo los libros. Eran, además, objeto de mi terror. Cuando se acercaba la Navidad o el día de mi cumpleaños, empezaba a vivir el terrible desasosiego que representaba imaginarme a algún amigo de mis padres llegando a visitarme con una sonrisa en los labios y un libro de Julio Verne, por ejemplo, en las manos. Era mi regalo y tenía que agradecérselo, cosa que siempre hice, por no arruinarle la fiesta a los demás, en lo cual había una gran injusticia, creo yo, porque la fiesta era para mí, para que la gente me dejara feliz con un regalito, y en cambio a mi me dejaban profundamente infeliz y, lo que es peor, con la obligación de deshacerme en agradecimientos para que el aguafiestas de turno pudiera despedirse tan satisfecho y sonriente como llegó.
El colmo fue cuando asesinaron al padre de uno de los amigos más queridos que tuve en mi colegio de monjas norteamericanas para niñitos peruanos con cuenta bancaria en el extranjero, por decirlo de alguna manera. La noticia me puso en un estado de sufrimiento tal, que sólo podría atribuírselo a un niño pobre, dentro de la escala de valores en la que iba siendo educado, por lo que se optó por ponerme en cuarentena hasta que terminara de sufrir de esa manera tan espantosa. Me metieron a la cama y me mandaron a una de esas tías que siempre está al alcance de la mano cuando ocurre alguna desgracia, y a la pobre no se le ocurrió nada menos que traerme un libro que un tal D'Amicis, creo, escribió para que los niños lloraran de una vez por todas, también creo.
Regresé al colegio con el corazón hecho pedazos, por lo cual ahora me parece recordar que el libro se llamaba Corazón. Y cuando llegó la primera comunión y, con ella, la primera confesión que la precede, el primer pecado que le solté a un curita norteamericano preparado sólo para confesión de niños (a juzgar por el lío que se le hizo al pobre tener que juzgar divinamente y con penitencia, además, un pecado de niño tan complejo), fue que, por culpa de un libro, yo me había olvidado de un crimen y de mi huérfano amigo y, a pesar de los remordimientos y del combate interior con el demonio, había terminado llorando como loco por un personaje de esos que no existen, padre, porque los llaman de ficción.
-¿Cómo fue el combate con el demonio? -me preguntó el pobre curita totalmente desbordado por mi confesión.
-Fue debajo de la sábana, padre, para que no me viera el demonio.
-¿Para que no te viera quién?
-El demonio, padre. Es una tía vieja que mi papá llama solterona y que según he oído decir siempre aparece cuando algo malo sucede o está a punto de suceder. Yo me escondí bajo la sábana para que ella no se diera cuenta de que había cambiado el llanto de mi amigo por el del libro.
El padrecito me dio la absolución lo más rápido que pudo, para que no me fuera a arrancar con otro pecado tan raro, y logré hacer una primera comunión bastante tembleque. Años después me enteré por mi madre que el curita la había convocado inmediatamente después de mi extraña confesión, y que le había dado una opinión bastante norteamericana y simplista de mi persona, sin duda alguna porque era de Texas y tenía un acento horripilante.
Según mi madre, el curita le dijo que yo había nacido muy poco competitivo, que no había en mí el más mínimo asomo de líder nato, y que si no me educaban de una manera menos sensible podía llegar incluso a convertirme en lo que en la tierra de Washington, Jefferson y John Wayne, se llamaba un perdedor nato. Mis padres decidieron cambiarme inmediatamente a un colegio inglés, porque un gula espiritual con ese acento podría arruinar para toda la vida mi formación en inglés.
Con los años se logró que mejorara mi acento, pero mi problema con los libros no se resolvió hasta que llegué al penúltimo año de secundaria, en un internado británico. Un profesor, que siempre tenía razón, porque era el más loco de todos, en el disparatado y anacrónico refrito inglés que era aquel colegio, nos puso en fila a todos, un día, y nos empezó a decir qué carrera debíamos seguir y cuál era la vocación de cada uno y, también, quiénes eran los que ahí no tenían vocación alguna y quiénes, a pesar de tener vocación, debían abandonar toda tentativa de ingreso a una Universidad, porque a la entrada de la Universidad- de Salamanca, en España, hay un letrero que dice: "Lo que natura no da, Salamanca no lo presta". Un buen porcentaje de alumnos entró en esta categoría, por llamarla de alguna manera, pero, sin duda, el que se llevó la mayor sorpresa fui yo, cuando me dijo que iba a ser escritor o que, mejor dicho, ya lo era. Le pedí una cita especial, porque seguía considerando que mi odio por los libros era algo muy especial, y entonces, por fin, a fuerza de analizar y analizar mil recuerdos, logramos dar con la clave del problema.
Según él, lo que me había ocurrido era que, desde niño, a punta de regalarme libros para niños, me habían interrumpido constantemente mi propia creación literaria de la vida. En efecto, recordé, y así se lo dije, que de niño yo me pasaba horas y horas tumbado en una cama, como quien se va a quedar así para siempre, y construyendo mis propias historias, muy tristes a veces, muy alegres otras, pues en ellas participaban mis amigos más queridos (y también mis enemigos acérrimos, por eso de la maldad infantil), y que yo con eso era capaz de llorar y reír solito, de llorar a mares y reírme a carcajadas, cosa que preocupaba terriblemente a mis padres. "Ahí está otra vez el chico ese haciendo unos ruidos rarísimos sobre la cama", era una frase que a menudo les oí decir. El profesor me dijo que eso era, precisamente, literatura, pura literatura, que no es lo mismo que literatura pura, y que mi odio a los libros se debía a que, de pronto, un objeto real, un libro de cuya realidad yo no necesitaba para nada en ese momento, había venido a interrumpir mi realidad literaria.
En ese mismo, instante, recuerdo, se me aclaró aquel problema que, aterrado, había creído ser un grave pecado cometido justo antes de mi primera comunión. Aquel pecado que tanto espantó al curita norteamericano y sobre el cual dio una explicación que, según mi madre, tomando su té a las cinco y leyendo a Oscar Wilde, sólo podía compararse con su acento tejano.
Claro, aquel libro lo habla tenido que escuchar (los otros, generalmente, los arrojaba a la basura). Y ahora que lo recuerdo y lo entiendo todo, lo había tenido que escuchar mientras yo estaba recreando, en forma personalizado, o sea necesaria, el asesinato del padre de mi excelente amigo de infancia norteamericana. Me encontraba, seguro, muy al comienzo de una historia que iba a imaginar en el lejano Oeste y muy triste, particularmente dura y triste puesto que se trataba de ese amigo y ese colegio. Y cuando la lectura de mi tía, cogiéndome desprevenido y desarmado, por lo poco elaborada que estaba aún mi narración, impuso la tristeza del libro sobre la mía, yo viví aquello como una cruel traición a un amigo. Y ese fue el pecado que le llevé al curita tejano.
Desde entonces, desde que dejé de leer libros que otros me daban, empecé a gozar y Dios sabe cuánto me ayuda hoy la literatura de los demás en la elaboración de mis propias ficciones. Cuando escribo, en efecto, es cuando más leo... Pero, eso sí, algo quedó de aquel trauma infantil y es ese pánico por los libros que, autores absolutamente desconocidos, me han hecho llegar por correo o me han entregado sin que en mí hubiese brotado ese sentimiento de apertura, curiosidad, y simpatía total que me guía cuando leo el libro de un escritor que acabo de conocer y con el cual he simpatizado.
Cuando me mandan un manuscrito o un libro a quemarropa siento, en cambio, la terrible tentación de reaccionar como el Duque de Albufera, cuando Proust le envió un libro y luego lo llamó para ver si lo había recibido. El propio Proust narra con desenfado su conversación con su amigo Luigi:
-Mi querido Luigi, ¿has recibido mi último libro? -¿Libro, Marcel? ¿Tú has escrito un libro? -Claro, Luigi; y además te lo he enviado. -¡Ah!, mi querido Marcel, si me lo has enviado, de más está decirte que sí lo he leído. Lo malo es que no estoy muy seguro de haberlo recibido
martes, 3 de abril de 2007
Canción del Amor Sincero
Prometo no amarte eternamente,
ni serte fiel hasta la muerte,
ni caminar tomados de la mano,
ni colmarte de rosas,
ni besarte apasionadamente siempre.
Juro que habrá tristezas,
habrá problemas y discusiones
y miraré a otras mujeres
vos mirarás a otros hombres
juro que no eres mi todo
ni mi cielo, ni mi única razón de vivir,
aunque te extraño a veces.
Prometo no desearte siempre
a veces me cansaré de tu sexo
vos te cansarás del mío
y tu cabello en algunas ocasiones
se hará fastidioso en mi cara
Juro que habrá momentos
en que sentiremos un odio mutuo,
desearemos terminar todo y
quizás lo terminaremos,
mas te digo que nos amaremos
construiremos, compartiremos.
¿Ahora si podrás creerme que te amo?
jueves, 15 de febrero de 2007
LA PASIÓN POR LOS LIBROS SE SIEMBRA CON MAGIA

Pero aquel primer día de curso alguien comentó que “notaba algo raro” en la clase; daba la sensación de que había una atmósfera extraña... y claro, ¡habían desaparecido los libros de la biblioteca! Todos se quedaron sorprendidos porque las estanterías en las que habitualmente descansan la Bruja Curuja, el Sastrecillo Valiente, Elmer, Munia, Marieta y todos sus amigos estaban tristes y solitarias.
Todos quisieron saber qué había hecho con los cuentos, pero les dejé con la intriga porque también los maestros necesitamos buenas dosis de misterio si queremos sembrar los corazones de los enanos de magia y emoción.
Comenzó el curso y fueron pasando los días, y una mañana uno de mis chavales se acercó a mi mesa y me preguntó –¡por fin, pensé que nunca lo harían!– por qué en las otras aulas de primero los niños tenían un montón de cuentos y ellos no los veían en la nuestra. Mi respuesta la lancé a todo el grupo. Nosotros teníamos tantos libros como sus compañeros del A, del B o del C; lo que sucedía era que los personajes de nuestros cuentos se habían reunido una noche y habían decidido que no saldrían a visitarnos hasta que no les prometiéramos dos cosas: que no dejaríamos ni un solo día de abrir los cuentos para que ellos pudieran contarnos sus historias, y que traeríamos al cole a unos amigos suyos a los que no veían desde hacía mucho tiempo y que vivían en el Castillo de los Libros.
Un castillo de cuento
Ni que decir tiene que la respuesta de mis chavales fue unánime: todos se comprometieron –en una ceremonia solemne que celebramos días después– a devorar los cuentos con entusiasmo, y a pasar todos los días un buen rato jugando y charlando (en una palabra, leyendo) con sus amigos de los cuentos. ¡Ah, eso sí, lo del Castillo de los Libros era cosas mía! ¡Ellos no podían comprometerse porque no sabían “qué quería decir eso”!
Yo les prometí que trataría de averiguar algo sobre ese asunto y que para ello consultaría con el Mago de la Pluma, un amiguete mío que no es indio (por aquello de la pluma), pero que se lo pasa pipa escribiendo cuentos.
No os podéis imaginar el juego que me dio aquel personaje imaginario durante todo el curso, para motivar a mis chicas y chicos a acercarse a las estanterías con auténtica hambre de ficción y aventuras.
Al día siguiente de la ceremonia de la promesa, en los estantes aparecieron un montón de cuentos (tantos como chavales) y con ellos una nota en papel pergamino firmada por los Personajes de los Cuentos, en la que decidían salir a la superficie porque les parecía que éramos buena gente y que se lo pasarían de miedo con nosotros.
Pero no debíamos olvidar la segunda promesa porque era la más importante: sus amigos del Castillo de los Libros estaban tristes y deseaban visitarles. Entre apasionadas sesiones de narración oral, emotivas lecturas interrumpidas en el momento álgido para aumentar la curiosidad, disparatadas charlas entre Blancanieves y el Capitán Garfio, y el modo en que Aladino terminaría con las guerras... fueron transcurriendo las semanas. Pero ninguno de nosotros olvidó su misión: descubrir dónde estaba el Castillo de los Libros.
Una tarde, cuando ya estábamos recogiendo para volver a casa, entró el conserje con una carta para mí. Era un sobre extraño porque tenía forma de estrella y estaba hecho con papel plateado. En su interior había una carta escrita en una lámina de plástico transparente que decía así: “Si al castillo queréis venir, un cuento entre todos tenéis que escribir”, e iba firmada por Omag ed al Amulp.
Aunque tardaron un rato en reaccionar, por fin explotaron en un griterío tremendo. Todos querían hablar a la vez; les propuse que escribiesen en un papel el nombre que aparecía en la firma de la carta y que trataran de averiguar cuál era su secreto con ayuda de sus padres. Al día siguiente casi toda la clase había descubierto el primer misterio: ¡nos había escrito el Mago de la Pluma!
Ahora quedaba lo más difícil: escribir entre todos un cuento-llave que nos permitiera acceder al Castillo de los Libros. Pero la práctica nos demostró a todos que cuando la gente está decidida a lograr algo superimportante, es capaz de trabajar codo con codo, y por eso fueron capaces de consensuar civilizadamente personajes, títulos, aventuras y finales. Y es que –como dijo una de las chicas– "lo importante era escribir un cuento chulo y rápidamente".
Podríamos reproducir el cuento que inventaron, pero eso lo dejamos para otro momento: tenemos prisa por contaros todo. Metimos nuestra obra en un sobre y me comprometí a llevárselo en persona a mi amigo el Mago.
Pocos días después, me presenté (1) en la clase con los carnés de la Biblioteca Pública y les conté que el Mago me los había dado explicándome que cada niña y cada niño tenía que pegar en el carné su foto y escribir sus datos. De ese modo tendríamos acceso al Castillo de los Libros.
Cuando todos los carnés estuvieron cumplimentados, les propuse que iría yo solo la primera vez para echar un vistazo “por si era peligroso”. En principio hubo algunos niños que no estaban muy de acuerdo, porque querían acompañarme; otros temían que me pasara algo..., pero al fin triunfó el buen criterio de alguien que sentenció: “Tendrá que ir sólo Kepa, porque todos no cabemos en su coche”.
A la mañana siguiente aparecí en clase con una caja enorme repleta de cuentos. La algarabía que se organizó no hace falta describirla. Pero lo que sí hubo que explicar, con todo detalle, fue mi visita al Castillo y la procedencia de los libros. Así les conté que el Castillo era una biblioteca pública, que había muchas en Madrid, que los libros nos los prestaban durante quince días, que podríamos cambiarlos por otros cuando quisiéramos, y que todo aquello... ¡era gratis!
La respuesta de los niños fue sorprendente: absoluto silencio, mentes bloqueadas, bocas abiertas, miradas fijas..., durante unos segundos que parecieron eternos. Después, todo fue aclarándose: preguntas, detalles, dudas, posibilidades... Lo cierto es que habíamos logrado nuestro objetivo: motivar a los niños por la lectura de los libros del aula, acercamiento a las bibliotecas públicas, y hacerles soñar con un mundo mágico y misterioso.
Desde aquella mañana, cada quince días me acercaba a la biblioteca Ruiz Egea, llenaba una imponente caja con casi un centenar de cuentos y, al regresar al cole, los ponía en las manos hambrientas de mis muchachas y muchachos. Ellos elegían uno y lo llevaban a casa para leerlo con sus papis. Al terminarlo, lo devolvían o lo intercambiaban con otro amigo. Al pasar las dos semanas, cambio de lote y nuevas ilusiones.
Todo el proceso concluyó una tarde de mayo. Montados en un precioso corcel-bus blanco, mis caballeros y damas se dirigieron emocionados al Castillos de los Libros donde las excelentes princesas-bibliotecarias les acogieron con entusiasmo, y les hicieron pasar un rato lleno de fascinación. Allí pudieron acariciar, abrazar, dialogar y sonreír a todos los inquilinos del Castillo de la Magia y la Ilusión
La Isla de los Sentimientos

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre tan loca, propuso:
-Vamos a jugar al escondite.
La intriga levantó la ceja intrigada y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó: ¿Al escondite? ¿Cómo es eso?. Es un juego -explicó la locura- en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden... y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego. El entusiasmo bailó contagiado por la euforia.
La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse: ¿para qué... si al final siempre la hallaban?. Y la soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) La cobardía prefirió no arriesgarse. Uno, dos, tres.... comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombras del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino... ¡ideal para la belleza!.... que si la hendidura de un árbol... ¡perfecto para la timidez!
.... que si el vuelo de la mariposa.... ¡¡¡lo mejor para la voluptuosidad!!!.... que si una ráfaga de viento.... ¡magnífico para la libertad!... Finalmente terminó por ocultarse en un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio... ventilado, cómodo... pero sólo para él.
La mentira se escondió en el fondo de los océanos -mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris- y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes. El olvido... se me olvidó dónde se escondió, pero eso no es lo importante.
Cuando la locura contaba 999,999... el amor aún no había encontrado el sitio para esconderse, pues todo se encontraba ya ocupado. Hasta que divisó un rosal y enternecido, decidió esconderse entre sus flores... ¡¡¡Un millón de flores!!! Contó la locura y comenzó a buscar.La primera en aparecer fue la pereza, a tan sólo tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la fe discutiendo con Dios en el cielo, sobre Dogmas.... Y la pasión y el deseo los escucharon en el vibrar de los volcanes. En un descuido... encontró a la envidia y, claro... de ahí pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, pues él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.
De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago, descubrió a la belleza. Con la Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de qué lado esconderse.Así fue encontrando a todos: al talento, entre la hierba fresca, a la angustia, en una oscura cueva, a la mentira, detrás del arco iris -mentira... ella estaba en el fondo del océano- y hasta encontró al olvido, al que ya se le había olvidado que estaban jugando al escondite.
Pero sólo el amor no aparecía por ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada riachuelo del Planeta, en la cima de las montañas, y... cuando estaba por darse por vencida... divisó un rosal con sus rosas. Tomó una y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto... se escuchó un doloroso grito. Las espinas habían herido en los ojos al amor. La locura no sabía qué hacer para disculparse... Lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.
Desde entonces... EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA SIEMPRE LO ACOMPAÑA
Cuento ganador del concurso de Cuento "Más allá de la frontera" Cada quince días, domingo en la mañana y por cuestiones de m...
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Alfredo Bryce Echeñique Creo que pocos niños habrán odiado tanto como yo los libros. Eran, además, objeto de mi terror. Cuando se acercaba l...
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Cuento ganador del concurso de Cuento "Más allá de la frontera" Cada quince días, domingo en la mañana y por cuestiones de m...
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Kepa Osoro Aquella somnolienta mañana de septiembre, de principios del curso 94-95, nos reunimos los maestros del Primer Ciclo de Primaria e...