miércoles, 30 de julio de 2025

 

Cuento ganador del concurso de Cuento

"Más allá de la frontera"


Cada quince días, domingo en la mañana y por cuestiones de mandato espiritual que, por otra parte, me hacen sentir muy bien, voy al cementerio a visitar la tumba de mis padres.

Me acompaña, claro está, mi mascota. Se llama Apolo 11. Un Cocker Spaniel de 3 años. Muy juguetón y, literalmente, de pocas pulgas.

El caso es que Apolo 11, con solo sentirse ya en el campo santo, se transforma. Se posesiona de él el espíritu invisible; creo yo, de una felicidad canina inenarrable que lo hace correr y saltar por todos los recovecos del sitio. No oye, solo es feliz. Conoce la rutina. Espera impaciente el fin de mis oraciones para continuar con su propia agenda; correr, saltar de tumba en tumba, alejarse, alzar la pata, regresar. Sus largas orejas se elevan como alerones para estabilizar sus saltos, resbala, se revuelca en el pasto. Lo disfruto mucho.

Resulta que un domingo, temprano, llegamos al cementerio. Había llovido esa noche y todo estaba mojado y el ambiente muy frío. Cumplida mi propia misión, se inició la de Apolo 11 pero, esta vez, con una novedad. En una tumba reciente, cerca de la de mis padres, al lado de un ciprés alto y hermoso, un perro se encontraba allí, sentado. Estaba solo, mojado, temblaba de frío. Hube de inmediato de llamar a Apolo 11 y ponerle su correa, porque, como ya lo manifesté, es de pocas pulgas y no le teme enfrentarse a perro y gato alguno, creyéndose, en su inocencia, el chacho del universo.

El perro en cuestión, era de talla mediana, un cruce entre callejero y alguna raza desconocida, lo cierto es que feo no era. De color blanco amarillento, alcanzó solo a mirarnos, pelar los colmillos más como advertencia que amenaza y ni se inmutó ante los gruñidos acezantes de Apolo 11.

Ya con mi mascota controlada, nos fuimos acercando. Había flores recientes, tierra aún movida y era claro que el fallecido estaba allí desde hacía pocos días. El perro, solitario, solo estaba allí. Triste.

Había un cuenco o vasija con agua, seguramente de la lluvia caída. Mi nieta María Ángel, quien nos acompañaba ese domingo, se acercó bien.

“Juan C. Stein S.” Diciembre 2 de 2000 – Marzo 12 de 2025.

¡Descanse en paz!

Era todo lo que decía en una tabla provisional, enterrada en su tumba.

Ese paseo dominical que para mi y, en especial para Apolo 11, era siempre una fiesta, terminó de inmediato. De pie, en ese silencio sepulcral y analizando la escena, me fue embargando un sentimiento de vacío extremo que pocas veces había sentido.

Llamamos al perro con silbidos, shhhhhh., shhhh, perrito, perrito, el can ni nos miraba. ¿Qué hacer? Menos mal despuntaba en el horizonte un sol tenue que alegraba el día. Apolo 11, confundido, me miraba. Decidimos alejamos lentamente y me fui con la idea suprema de preguntarle a uno de los sepultureros, guardianes o custodios del lugar, sobre esa situación.

Encontramos a un señor podando el césped cerca del lugar y le consultamos. Nos dijo que el mismo día del entierro del difunto, había visto al perro en la sala de velación. Después ya no más.

Al hombre lo sepultaron, tal como corresponde, en el calor de una tarde. Los deudos e invitados lo lloraron, se fueron luego y su historia terrenal llegó hasta allí. Al cabo de dos días, el perro apareció. Lo vieron sentado, al lado de la tumba.

¿Cómo llegó hasta allí, de dónde, en qué?, es un misterio propio del reino de los caninos. El caso es que ha estado ahí desde entonces. No ladra, duerme, se sienta, poco se mueve.

Un buen samaritano perteneciente al reino de los humanos, el mismo trabajador que podaba el césped lo vio. En principio no lo asoció con el mismo perro de la sala de velación, pero con el paso de las horas y éste allí sentado, lo reconoció. Le llevó agua en un tarro y se alejó. Una cola en movimiento fueron las gracias.

Al siguiente día lo volvió a ver. No supo si había pasado la noche allí o había regresado, sin embargo, lo notó delgado, falto de ánimo; dejativo, dirían las abuelas. Sacó un poquito del cuido que había comprado para su propia mascota y se lo llevó en un platico improvisado. En la tarde, ya caída la noche, no lo vio, ni al siguiente día. Solo ese día domingo en la mañana, aparentemente, había regresado. Eso fue lo que me contó el hombre, entusiasmado al verle.

Con Apolo 11 y mi nieta nos regresamos a la casa, con un sinsabor extraño ante lo que habíamos visto. Un perrito cuidando la tumba de su amo. Esa es la vida de la mayoría de las mascotas, para muchos de los humanos, es el olvido total.

Autor: Jorge Eduardo Grisales López

Docente.

Fotos del autor.


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